30-jun-2009
Slow Bistro
18-jun-2009
02-sep-2008
Las penas del joven Wether · J. W. Goethe
(...) Con lo lejano pasa lo mismo que con lo futuro. Ante nuestra alma se halla un todo, enorme y en penumbras, nuestra sensibilidad se diluye en él igual que la mirada. Nuestro anhelo es el de poder entregarnos por completo y dejar que nos inunde un semtimiento majestuoso, magnífico, úncio. Pero, ay, cuando nos acercamos, cuando el allá se convierte en acá, cuando lo qeuf eu es igual a lo que será, entonces nos quedamos con nuestra pobreza, con nuestras limitaciones; nuestra alma sigue sedienta del bálsamo que se nos ha escapado.
Es así como el más errante vagabundo anhela volver finalmente a su lugar de partida, y encuentra en su casa, en el seno de su amada, junto a sus hijos y en su afán de mantenerlos, la satisfacción que infructuosamente había buscado por el mundo. (...)
31-ago-2008
28-ago-2008
Cómo ser un gran escritor · Charles Bukowski

tienes que follarte a muchas mujeres
bellas mujeres
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y/o los nuevos talentos.
sólo toma más cerveza más y más cerveza.
Ve al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier idiota puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te exijas.
dormí hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las araña sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievsky, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay
está bien
igual.
Sabés que pienso que sos un Bukowski encerrado en el cuerpo de una mujer, pero sin tanta tristeza. O al menos sabiendola disimular bastante bien.
Te quiero, enana! -Juan dixit
17-ago-2008
Memorias de un amante sarnoso · Groucho Marx
(...) Era guapa, pero, por desgracia, también una intelectual. (...)
(...) No era consciente de lo aburrido que podría resultar como compañía hasta que estuve allí solo sentado conmigo mismo (...).
08-ago-2008
Yukio Mishima (Kimitake Hiraoka)
1925
Yukio Mishima, nació el 14 de enero de 1925 en Tokio, en el seno de una familia descendiente de samurais, bajo el nombre de Kimitake Hiraoka. Hijo de Azusa Hiraoka, modelo de una dura formación militar, y Shuizue, una madre comprensiva, pero casi por completo ausente en los primeros años de Mishima, su vida no fue fácil, pues creció lejos de su familia más cercana ya que su abuela Natsu lo separó de ellos durante varios años. Su abuela lo recluyó en su habitación de enferma y lo convirtió en un niño débil, aislado, complejo y brillante. Mishima no tenía permitido practicar deportes ni relacionarse con otros chicos de su edad a través de juegos varoniles: solo podía entretenerse con las muñecas de sus primas o pasar el tiempo en soledad.
Natsu provenía de una familia vinculada a los samurái de la era Tokugawa. Tenía mal carácter el cual se exacerbó por su ciática. Era una mujer violenta, tenía salidas mórbidas cercanas a la locura que posteriormente serán descritas en algunos textos del autor.
Probablemente, estas duras condiciones impuestas por su abuela fueron las que llevaron a este estudiante de la prestigiosa Escuela Peers a interesarse por la lectura de clásicos japoneses. En el caso de la escritura, puede decirse que dicha actividad también comenzó a desarrollarla a temprana edad a través de historias creadas en el ámbito estudiantil. De esa época, por ejemplo, data el relato titulado “El bosque en todo su esplendor” que, antes de ser publicado en forma de libro, fue presentado por la prestigiosa revista Cultura literaria.
La influencia de Natsu sobre Mishima hizo que este se convierta en un hombre con principios éticos de un alto samurai, fue por este motivo que ejercitó su cuerpo dejando atrás las huellas de debilidad.
1939
Muere Natsu fallece y por primera vez su madre toma el lugar que le corresponde. En 1941, el eximio autor decide hacerse llamar Yukio Mishima, que vendría a ser algo así como monte nevado.
1942
En 1942 Mishima comenzó a estudiar Derecho, carrera que finalizó 1947. e inició un trabajo como funcionario en el Ministerio de finanzas japonés que abandonaría para dedicarse a la literatura.
1949
Este año 1949 se publicó Confesiones de una máscara una de sus primeras novelas, un relato semi autobiográfico sobre un joven homosexual. La sociedad de la época la consideró una historia repugnante, probablemente porque en este texto relató la primera vez que sintió algo similar a lo que se experimenta durante el clímax sexual, ocurrió durante la contemplación del martirio de San Sebastián: la sangre, las heridas, el sufrimiento del santo traspasado por flechas despierta en él el éxtasis y por primera vez el goce sexual. Desde entonces la vida y obra de Mishima gira en torno a la erotización de la muerte y el goce que produce el dolor. El suicidio, la muerte y la sangre recorren sus obras, en Patriotismo, por ejemplo, llega a ser repulsiva la detallada descripción que se hace de un seppuku y un Jigai. Con anterioridad a esta obra ya había escrito relatos cortos que el futuro Premio Nobel Yasunari Kawabata confió a la publicación Ningen.
1958
Si bien se sabe que Yukio Mishima era bisexual, luego de viajar por Europa y el continente americano, contrajo matrimonio con Yoko Sugiyama, con quien tuvo un hijo y una hija.
1970
El 25 de noviembre de 1970, Mishima y cuatro miembros de la Tatenokai visitaron con un pretexto al comandante del Campamento Ichigaya, el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Una vez dentro, procedieron a cercar con barricadas el despacho y ataron al comandante a su silla. Con un manifiesto preparado y pancartas que enumeraban sus peticiones, Mishima salió al balcón para dirigirse a los soldados reunidos abajo. Su discurso pretendía inspirarlos para que se alzaran y devolvieran al Emperador a su legítimo lugar. Como no fue capaz de hacerse oír, acabó con el discurso a los pocos minutos.
Regresó a la oficina del comandante y se suicidó mediante seppuku. La costumbre de la decapitación al final de este ritual le fue asignada a Masakatsu Morita, miembro de la Tatenokai. Pero Morita, del cual se rumoreaba que había sido amante de Mishima, no fue capaz de realizar su tarea de forma adecuada: después de varios intentos fallidos, le permitió a otro miembro de la Tatenokai, Hiroyasu Koga, acabar el trabajo. Morita también se suicidó mediante el seppuku. Otros elementos tradicionales del suicidio ritual fueron la composición de jisei, (un poema compuesto por uno mismo cuando se acerca la hora de su propia muerte), antes de su entrada en el cuartel general.
Mishima preparó su suicidio meticulosamente durante al menos un año, se cree que el autor debía haber sabido que su intento de golpe jamás sería exitoso, es así que su biógrafo, traductor y antiguo amigo John Nathan sugiere que fue solo un pretexto para practicar el suicidio ritual con el cual Mishima tanto había soñado. Mishima se aseguró de que sus asuntos estuvieran en orden e incluso tuvo la previsión de dejar dinero para la defensa en el juicio de los otros 3 miembros de la Tatenokai que no murieron.
Obras
1948: Confesiones de una máscara
1950: Sed de amor
1954: Colores prohibidos
1956: El rumor del oleaje
1956: El pabellón de oro
1960: Después del banquete
1963: El marino que perdió la gracia del mar
1964-70: El mar de la fertilidad -tetralogía-: Nieve de primavera; Caballos desbocados; El templo del alba; La corrupción de un ángel
1972: Música
07-ago-2008
Yukio Mishima · El pabellón de oro
(...) para ser un artista yo tenía una idea demasiado seria de mí mismo. (...) Mi único orgullo venía de la imposibilidad de hacerme comprender: y en estas condiciones, ¿cómo podía yo aprobar la invencible necesidad de expresar las cosas y hacerme comprender? (...)
03-ago-2008
Anaïs Nin
02-ago-2008
La gallina degollada · Horacio Quiroga
Breccia-Sábato
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
El amante (II) · Marguerite Duras
Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter. Parezco lo que quiero parecer, incluso hermosa si es eso lo que quieren que sea, hermosa o bonita, bonita, por ejemplo, para la familia, solamente para la familia no, puedo convertirme en lo que quieren que sea. Y creerlo. Creer, además, que soy encantadora. En cuanto lo creo se convierte en realidad para quienes me ven y desean que sea de una manera acorde con sus gustos, también lo sé. Así, puedo ser encantadora, a conciencia, incluso si estoy atormentada por la estocada a muerte de mi hermano.
30-jul-2008
El enamorado · Leonora Carrington
“Le escucho”, dije yo.
Me tomó del brazo y me llevó al interior de su tienda entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta, al fondo, y llegamos a un cuarto. Había allí un lecho en el que hacía una mujer inmóvil y probablemente muerta. Me pareció que debía estar allí desde hacía mucho tiempo pues el lecho estaba todo cubierto de hierbas crecidas. “Lo riego todos lo días”, dijo el frutero con aire pensativo.
“En cuarenta años nunca he llegado a saber si estaba muerta o no. Nunca se ha movido, ni hablado, ni comido durante ese lapso; pero lo curioso es que sigue estando caliente. Si usted no me cree, mire”. Y entonces levantó un ángulo de la cobija, lo que me permitió ver muchos huevos y algunos polluelos recién nacidos. “Usted ve, es el modo que utilizo para incubar los huevos (también vendo huevos frescos)”.
Nos sentamos a cada lado del lecho y el frutero comenzó a hablar: “La quiero tanto, créame. La he querido siempre. Era tan dulce. Tenía unos piesecitos ágiles y blancos. ¿Quiere usted verlos?” “No”, dije yo.
“En fin”, continuó diciendo con un profundo suspiro, “era tan hermosa. Yo tenía cabellos rubios, ella hermosos cabellos negros (ahora, los dos tenemos cabellos blancos). Su padre era un hombre extraordinario. Tenía una gran casa en el campo. Se dedicaba a coleccionar costillas de cordero. Por ese motivo llegamos a conocernos. Yo tengo una especialidad: sé desecar la carne con la mirada. El señor Pushfoot (ése era su nombre) oyó hablar de mí. Me invitó a su casa para desecar sus costillas a fin de que no se pudrieran. Agnes era su hija. Fue un amor a primera vista. Partimos juntos en barco por el Sena. Yo remaba. Agnes me hablaba así: “Te quiero tanto que vivo sólo para ti”. Y yo le decía lo mismo. Creo que es mi amor lo que la mantiene cálida; quizás está muerta, pero el calor persiste”. – “El año próximo”, prosiguió con la mirada perdida, “sembraré algunos tomates; no me asombraría que se desarrollaran bien allí dentro.” – “Caía la noche y no se me ocurría dónde pasar nuestra primera noche de bodas; Agnes se había vuelto pálida, muy pálida por la fatiga. Finalmente, apenas salimos de París, vi una cantina que daba sobre la orilla. Aseguré el barco y penetramos por la galería negra y siniestra. Había allí dos lobos y un zorro que se paseaban a nuestro alrededor. No había nadie más”.
“Llamé, llamé a la puerta que encerraba un terrible silencio. “Agnes está muy fatigada, Agnes está muy fatigada”, gritaba yo lo más fuerte que podía. Finalmente una vieja cabeza se asomó por la ventana y dijo: “No sé nada. Aquí el patrón es el zorro. Déjeme dormir: usted me fastidia.” Agnes se puso a llorar. No quedaba otro remedio: tenía que dirigirme al zorro. “¿Tiene usted camas?” le pregunté varias veces. No respondió nada: no sabía hablar. Y de nuevo la cabeza, más vieja que antes, que desciende suavemente desde la ventana, atada a un cordoncito: “Diríjase a los lobos; yo no soy el patrón aquí. Déjeme dormir, por favor”. Acabé por comprender que esa cabeza estaba loca y que no tenía sentido continuar. Agnes seguía llorando. Di varias vueltas alrededor de la casa y al fin pude abrir una ventana por la que entramos. Nos encontramos entonces en una cocina alta; sobre un gran horno enrojecido por el fuego había unas legumbres que se cocían solas y saltaban por sí mismas en el agua hirviendo; ese juego las divertía mucho. Comimos bien y después nos acostamos sobre el piso. Yo tenía a Agnes en mis brazos. No pudimos dormir ni un minuto. Esa terrible cocina contenía toda clase de cosas. Una enorme cantidad de ratas se había asomado al borde exterior de sus agujeros, y cantaban con vocecitas aflautadas y desagradables. Había olores inmundos que se inflaban y desinflaban uno tras otro, y corrientes de aire. Creo que fueron las corrientes de aire las que acabaron con mi pobre Agnes. Ya nunca más se recobró. Desde ese día habló cada vez menos”.
14-jul-2008
La pata del mono · W.W. Jacobs, 1902
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos –vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia–. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa. -No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez. El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene –dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento-mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular - dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme - dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de las Mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela - contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? - dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido - dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.
II
A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza - dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias - dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta - dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas - dijo al sentarse.
- Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
- Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
- Lo siento... -empezó el otro.
- ¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
- Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
- Gracias a Dios –dijo la señora White, juntando las manos–. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
- Lo agarraron las máquinas –dijo en voz baja el visitante.
- Lo agarraron las máquinas –repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
- Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
- La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
- Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente –prosiguió el otro–. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
- Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.
III
En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
- Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
- Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
- La pata de mono –gritaba desatinadamente–, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
- ¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
- La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
- Solo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
- ¿Pensaste en qué? -preguntó.
- En los otros dos deseos –respondió en seguida–. Solo hemos pedido uno.
- ¿No fue bastante?
- No –gritó ella triunfalmente–. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
- Dios mío, estás loca.
- Búscala pronto y pide - le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
- Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
- Fue una coincidencia.
- Búscala y desea - gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
- Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
- ¡Tráemelo! - gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta- . ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
- ¡Pídelo! -gritó con violencia.
- Es absurdo y perverso - balbuceó.
- Pídelo - repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
- Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
- ¿Qué es eso? - gritó la mujer.
- Un ratón - dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
- ¡Es Herbert! ¡Es Herbert! - La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
- ¿Qué vas a hacer? - le dijo ahogadamente.
- ¡Es mi hijo; es Herbert! - gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
- Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
- ¿Tienes miedo de tu propio hijo? –gritó–. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy. Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
- La tranca –dijo–. No puedo alcanzarla. Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
- Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.
28-jun-2008
26-jun-2008
Cocoon · Tell Me
Tell me what they said when they found out that I've lost you
Tell me that you feel better when I say it scares me too
I'm not a friend of yours anymore
I'm not a friend of yours anymore
Tell me every bend, tell me all the dance I'll never know
Tell me every fence, tell me all the caves you'll never show
I'm not a friend of yours anymore
I'm not a friend of yours
And tonight I hate birds
I hate birds
I hate birds
And tonight I hate birds
I hate birds
22-jun-2008
Niño caníbal
Yo soy un niño canibal nadie me quiere a mi
no me quedan Amiguitos por que ya me los comí,
Por que ya me los comí.
No tengo padre ni madre, tampoco tengo hermanitos
No tengo tíos ni tías tengo muy buen apetito
Tengo muy buen apetito.
Nunca me río nunca juego, vivo alejado de la gente
Ni abro la boca ni sonrío estoy cambiando los dientes.
Cuando me comí a mi abuelo me castigo una semana
Mi abuela que es una vieja gruñona y vegetariana,
Gruñona y Vegetariana.
Si un día se la comieran con todas su verdolagas
Pero es tan insoportable que la tribu no la traga
Que la tribu no la traga.
Nunca me río nunca juego, vivo alejado de la gente
Ni abro la boca ni sonrío estoy cambiando los dientes.
Le pido a los Reyes Magos un poquito de Ketchup
y muchos descubridores para cambiar el menú,
Para cambiar el menú.
Y pido para mi abuela arroz y harina a su antojo
Para que cuando se muera se la coman los gorgojos
Se la coman los gorgojos.
Nunca me río nunca juego, vivo alejado de la gente
Ni abro la boca ni sonrío estoy cambiando los dientes.
12-jun-2008
Happiness is a Warm Gun

Happiness is a warm gun
(Bang Bang Shoot Shoot)
Happiness is a warm gun, momma
(Bang Bang Shoot Shoot)
When I hold you in my arms
(Ooooooooohhh, oh yeah!)
And when I feel my finger on your trigger
I know nobody can do me no harm
Because happiness is a warm gun, momma
(Bang Bang Shoot Shoot)
Happiness is a warm gun
(Bang Bang Shoot Shoot)
-Yes it is, it's a warm gun!
(Bang Bang Shoot Shoot)
Happiness is a warm, yes it is...
11-jun-2008
09-jun-2008
The Beatles · Revolution
You say you want a revolution
Well, you know
We all want to change the world
You tell me that it's evolution
Well, you know
We all want to change the world
But when you talk about destruction
Don't you know that you can count me out
Don't you know it's gonna be all right
all right, all right
You say you got a real solution
Well, you know
We'd all love to see the plan
You ask me for a contribution
Well, you know
We're doing what we can
But when you want money
for people with minds that hate
All I can tell is brother you have to wait
Don't you know it's gonna be all right
all right, all right
Ah
ah, ah, ah, ah, ah...
You say you'll change the constitution
Well, you know
We all want to change your head
You tell me it's the institution
Well, you know
You better free you mind instead
But if you go carrying pictures of chairman Mao
You ain't going to make it with anyone anyhow
Don't you know it's gonna be all right
all right, all right
all right, all right, all right
all right, all right, all right
03-jun-2008
El organillo
www.kioskerman.com.ar
Yo toco el piano
decía uno
yo el violín
decía otro
yo el arpa yo el banjo
yo el violoncelo
yo la gaita... yo la flauta
y yo la matraca.
Y unos y otros hablaban hablaban
hablaban de sus instrumentos
No se oía la música
todos hablaban
hablaban hablaban
nadie tocaba
pero en un rincón un hombre se callaba:
"Qué instrumento toca usted señor
usted que calla y no dice nada?"
le preguntaron los músicos.
"Yo toco el organillo
y también toco el cuchillo"
dijo el hombre que hasta ese momento
no había dicho nada
y avanzó cuchillo en mano
y mató a todos los músicos
y tocó el organillo
y su música era tan real
tan bonita y tan viva
que la hija del dueño de la casa
salió de debajo del piano
donde se había quedado dormida de aburrimiento
y dijo:
"Yo tocaba un sueño
un árbol un gato un espejo
yo tocaba un leño
muy desparejo
yo tocaba un avestruz
yo tocaba un cuaderno
yo tocaba un arcabuz
yo tocaba un invierno
yo tocaba a mamá y a papá
yo tocaba dominó
sobre el sofá
pero esto se acabó se acabó se acabó
ahora quiero tocar a un asesino
quiero tocar el organillo."
Y el hombre tomó la pequeña de la mano
y cruzaron casas jardines ciudades
y mataron a cuanta gente pudieron
y después se casaron
y tuvieron muchos hijos
Pero
el mayor aprendió el piano
el segundo el violín
el tercero el arpa
el cuarto el banjo
el quinto el violoncelo
y después se pusieron a hablar hablar
hablar hablar hablar
la música ya no se oyó más
¡y todo volvió a empezar!
16-abr-2008
Friendly Fire
I don't want to hear
Another word from you now
I'd rather be wrong
Life is mostly what
You don't see anyway
So just look away
But our shadows
Never leave us alone
Down the bad roads
They will follow us
Faithfully home
You launched the assault
With the first cannonball
My soldiers were sleeping
I know that you thought
It would never come down,
Down to the wire
It's friendly fire
In your room filled with the things
That you've never done
Does anyone really care
Your shadow
Just wont leave you alone
'cos he knows well
He knows what you've done
You launched the assault
With the first cannonball
My soldiers were sleeping
I know that you thought
It could never come down,
Down to the wire
It's friendly fire
Waves don't wonder
When you're drowning
Under the sea
So don't look for me
Find her keep her lose her
Deserts you in the end
You were my friend
Like your shadow
No one knows you as well
As I do
Rayuela capítulo 7
Cliché, trillado, ultra archi conocido e igualmente hermoso.
15-abr-2008
Julio Cortázar | Fabián Casas
07-abr-2008
Estoy aquí para decir basta
Y estoy aquí para decir basta
Soy una mujer organizada y no me refiero a cómo me organizo para planchar, cocinar y fregar.
Me organizo para ser una mujer más autónoma y libre.
Me organizo porque estoy harta de tanta injusticia.
No soy sola contra el mundo y estoy aquí para decir basta.
Al Estado le pregunto:
¿porqué no tengo trabajo?
¿por qué no tengo educación?
¿por qué no soy dueña de decidir sobre mi vida y mi cuerpo?
El Estado nos quiere conformar con una caja de alimentos.
El Estado quiere crear dependencia en nosotras a través de programas vacíos que son una atadura humillante para taparnos la boca.
Y estoy aquí para decir basta.
A la sociedad le digo:
Señor, señora: no crea que me gusta estar parada en la puerta de su casa.
Por eso hoy día solo le aclaro un par de cosas:
No sean hipócritas.
Mis clientes son sus hermanos, maridos, primos, hijos y curas confesores.
Señor, señora: no necesito tu condena: te la devuelvo.
La prostitución no es un tema de las putas.
Si no me quieres en la esquina,
lucha conmigo.
Grita conmigo:
¡Estoy aquí para decir basta!
Buenos Aires, mayo de 2006. Manifiesto escrito por las mujeres de Ammar Capital
para presentar la muestra Ninguna mujer nace para puta.
25-mar-2008
Los amorosos · Jaime Sabines

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor.
Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan, no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre "¡qué bueno!" han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
15-feb-2008
13-feb-2008
El amante · Marguerite Duras
La muerte no es el mal, el mal es mecánico
D.H. Lawrence
24-ene-2008
La balada del café triste · Carson McCullers
(...)
La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.
(...)
La verdadera historia de amor es la que tiene lugar en el corazón de los amantes, y ésta nadie sino ellos pueden llegar a conocerla. El amor en todo caso es una experiencia en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime.

16-ene-2008
La mujer y su expresión · Victoria Ocampo
Creo que, desde hace siglos, toda conversación entre el hombre y la mujer. empieza por un 'no me interrumpas' de parte del hombre. Hasta ahora el monólogo parece haber sido la manera predilecta de expresión adoptada por él. Durante siglos, habiéndose dado cuenta cabal de que la razón del más fuerte es siempre la mejor (por más que no debiera serlo), la mujer se ha resignado a repetir, por lo común, migajas del monólogo masculino disimulando a veces entre ellas algo de su cosecha. Pero a pesar de sus cualidades de perro fiel que busca refugio a los pies del amo que la castiga, ha acabado por encontrar cansadora e inútil la faena. Luchando contra esas cualidades que el hombre ha interpretado a menudo como signos de una naturaleza inferior a la suya, o que ha respetado porque ayudaban a hacer de la mujer una estatua que se coloca en un nicho para que se quede ahí 'sage comme une image'; luchando, digo, contra esa inclinación que la lleva a ofrecerse en holocausto, se ha atrevido a decirse con firmeza desconocida hasta ahora: 'El monólogo del hombre no me alivia ni de mis sufrimientos, ni de mis pensamientos. ¿Por qué he de resignarme a repetirlo? Tengo otra cosa que expresar. Otros sentimientos, otros dolores han destrozado mi vida, otras alegrías la han iluminado desde hace siglos'.

Quédate luna · Devendra Banhart
Yo no he tomado
Pero me voy a tomar un traguito ahora
Y sé que lo que más espero
Lo más que sé me enamora
Tres, siete, diez
Ya no me ves
Pero si tal vez
Te digo tu nombre
Ya sabrás quién es
Soy el perro a tus pies
Que te muerde la costilla
Y las estrellas brillan y la luna se sienta en su silla
¿Qué tomas lunita y porqué estas tan amarilla?
Bueno, ya estoy cansada y mis hijas ya me dicen viejita
Mi pelo esta seco y mi piel ya no brilla
Pero el mundo es tuyo, pero esta noche eres mía
Así que
Quédate, quédate luna
Quédate, quédate luna
Quédate, quédate luna
Quédate, quédate luna
Mira a Dios en el aire, mira a Dios en el mar
Yo te doy toda mi vida para oírte cantar
Oye a Dios en el viento, prueba a Dios en la miel
Dios vive afuera y adentro también
Así que
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Dímelo, dímelo luna
Yo no he tomado
Pero me voy a tomar un traguito ahora
Y sé que lo que más espero
Lo más que sé me enamora 

30-dic-2007
Una par de cositas nuestras · Gabo

Una niña apuñalada es la tristeza
Que llora sobre un caballo enamorado que vuela
Que vuela sobre sí mismo y en su reflejo se regodea
Una herida de amor es una tristeza fresca que vuela
Hojas nuevas, hojas viejas, hojas vivas, hojas muertas
En las hojas se definen - mirá - un par de cositas nuestras
Un niño sin brazos que corre despacio es la espera
Que se ahoga lentamente en algún mar de la tierra
Un mar cuyas aguas negras han vuelto la tierra negra
El abandono es un mar oscuro que en agua negra te entierra
Hojas nuevas, hojas viejas, hojas vivas, hojas muertas
En las hojas se definen -mirá mirá mira- un par de cositas nuestras.
29-dic-2007
Interpretaciones
«El arte, como proceso espiritual, como actuación, consiste en desprender de la realidad una apariencia orientada por la brújula del sentido estético, no de otro modo que la máquina del fotógrafo desprende una apariencia exactísima, y, sin embargo, independiente, de los objetos colocados en su campo. (...)»
Ayala, Francisco, Interpretaciones.

















